Uruguay: Una sociedad que se prepara para el debate sobre acceso a la cultura

Pilku

Con la caída del artículo 218, Uruguay ha decidido no aumentar los plazos de derechos de autor. En cambio, ha optado por dar un debate amplio sobre acceso a la cultura y derechos de autor en tiempos de tecnologías digitales e Internet.  
 El gobierno nacional se comprometió a instrumentar este debate en los próximos meses, garantizando que todas las voces sean oídas y tenidas en cuenta. Del debate deberían surgir propuestas legislativas y de políticas públicas para adaptar la ley al nuevo contexto social, reconociendo el derecho de todos a acceder al patrimonio cultural.
La oposición al artículo 218 se expresó en la opinión pública a través de un conjunto nutrido de instituciones y personalidades, quienes con el lema “Contra la privatización de la cultura en Uruguay” pusieron de relieve la visión mayoritaria en la sociedad de que el patrimonio cultural no debería estar controlado por manos privadas, sino que debería ser un bien común. Visión que se materializa en las prácticas sociales cada vez más cotidianas de buscar, copiar, remezclar, crear y compartir en Internet, y que es liderada por las generaciones más jóvenes, entre quienes la compartición de música, juegos, videos y otros tipos de obras ni siquiera se imagina como algo malo.
El paradigma en el que está basada la ley de derechos de autor uruguaya es el opuesto. Se ponen en manos de los titulares de derechos (los cuales no siempre son los autores, dado que estos derechos suelen ser cedidos por contratos a empresas intermediarias) todas las potestades para prohibir la circulación de las obras. Más aun, la ley entiende que salvo autorización por escrito del titular, toda reproducción es ilegal y debe ser castigada penalmente.
Esta visión propietarista o privatista de la cultura ha sido cuestionada desde que existe la imprenta. Sin embargo, hasta hace pocas décadas no planteó problemas visibles para el conjunto de la sociedad. Al fin y al cabo, la reproducción de las obras era cara y solo podían hacerla imprentas y editoriales. En aquel contexto tecnológico, las restricciones no tenían mucho mayor efecto que el de regular la competencia hacia adentro del sector editorial.
Sin embargo, con la aparición de las tecnologías masivas de copia, y más aun, con las computadoras y otros dispositivos digitales, los problemas del paradigma privatista de la cultura se hicieron evidentes. Ahora ya no son las editoriales piratas, sino los mismos usuarios de cultura, quienes pasan a ser blanco de las quejas de los titulares de derechos. Las campañas masivas de “concientización” contra la “piratería” hablan más de la preocupación de la industria por perder en la práctica sus privilegios monopólicos, que de una pretendida falta de educación de la ciudadanía. La gente sabe que hacer copias o acceder a ellas sin autorización es ilegal, pero lo hace de todas formas porque no cree que sea algo malo 1.
En suma, el paradigma privatista de la cultura tuvo vigencia a lo largo de la historia hasta que chocó contra la posibilidad concreta, brindada por la tecnología, de que cada persona se convirtiera en autor y difusor de cultura en gran escala. Ante esta oportunidad digna de festejo, que amplía el acceso a la cultura de formas antes inimaginadas (el sueño de cualquier bibliotecario), hoy nos encontramos sin embargo con un conjunto de agentes de la industria y de entidades recaudadoras que, en lugar de buscar formas de adaptarse a la nueva realidad social, tratan de aferrarse a privilegios que la ley les otorga pero que la fuerza de la realidad cuestiona cada vez más abiertamente.
Frente al próximo debate sobre acceso a la cultura y derechos de autor en Uruguay, tenemos el desafío histórico de pensar una futura ley adaptada a la nueva realidad. La solución no parece pasar tan solo por hacer retoques mínimos que corrijan las injusticias más flagrantes de la ley actual, como la penalización del trabajo de archiveros y bibliotecarios, la criminalización del acceso a materiales de estudio, la prohibición de hacer copias de obras para uso doméstico, el impedimento legal de tomar fotografías de esculturas y monumentos, la represión a quienes redistribuyen obras agotadas, entre otros muchísimos absurdos.
Más bien, conviene darnos cuenta de que estamos ante un cambio de época, que reclama a su vez un nuevo paradigma para pensar el acceso a la cultura y el trabajo de los autores. Como ya dijimos, con la popularización de las tecnologías digitales la cultura ha pasado a ser, por la vía de los hechos, un bien público. Estamos más cerca que nunca de la biblioteca universal con la que soñaba Borges. Un nuevo paradigma centrado en el bien común de la sociedad, antes que nada, debe reconocer esta realidad y aceitar los mecanismos para alentarla. Por regla general, las necesidades de la mayoría se anteponen a las necesidades de unos pocos. El principio fundamental, por tanto, debe ser el acceso irrestricto a la cultura. Las restricciones y monopolios sobre obras culturales, en cambio, deben pasar a ser mecanismos excepcionales que se utilicen de forma acotada únicamente cuando demuestren un bien para el conjunto. En caso contrario, seguirá ocurriendo lo que ocurre hoy: las restricciones por derechos de autor seguirán actuando como barrera a la difusión cultural y bloquearán el acceso a todo lo que caiga bajo su dominio 2.
Desde hace tiempo está demostrado que la gran mayoría de los autores no viven de las regalías por derechos de autor 3. La negación de esta realidad ha llevado a que el Estado se desentienda de los derechos fundamentales de los artistas y creadores: un salario digno, salud y seguridad social. Hacer pasar al artista como miembro de una clase diferente a la de cualquier otro trabajador tiene consecuencias lamentables: en primer lugar, convierte el trabajo creativo en trabajo precario, al alentar que los patrones e intermediarios no paguen por el trabajo sino que prometan regalías a futuro. Por otro lado, lleva a que muchos artistas tomen como prioridad el reclamo de monopolios exclusivos, perdiendo de vista los derechos laborales fundamentales. Además, rompe el vínculo de los artistas con la sociedad, al criminalizar las prácticas cotidianas de acceso y propiciar el enfrentamiento entre los artistas y los consumidores “piratas”, que abarcan a la mayor parte de la sociedad. Por último, si bien no logra impedir que la gente comparta cultura de manera informal, criminaliza dichas acciones cotidianas de la población, atentando contra las garantías constitucionales, y afecta la capacidad del Estado para la difusión cultural, dado que el Estado no puede eludir las normas que él mismo dicta en supuesto favor del arte y la cultura.
Un nuevo paradigma sobre el derecho de acceso a la cultura y el trabajo de los autores, por tanto, debe dejar de basarse en mitos caducos y buscar soluciones reales que garanticen una vida digna para los trabajadores del arte y la cultura, al tiempo que se derriban las barreras legales para el acceso y la compartición.
Este camino requiere pensar en conjunto, como sociedad, las leyes que queremos para el futuro. Para empezar el debate, desde el movimiento #noal218 se han sugerido algunos puntos de partida, que incluyen el reconocimiento de la compartición sin fines de lucro, del remix y el mashup; la necesidad de normas que protejan a los artistas en los contratos laborales; la libre disponibilidad de obras financiadas con fondos públicos; la fiscalización y democratización de las entidades de gestión de derechos de autor; la búsqueda de alternativas al dominio público de pago, entre varias otras propuestas 4.
Este es solo el comienzo del debate. De aquí en más, será responsabilidad de la ciudadanía, y especialmente del Estado, darle voz a todos los sectores interesados, incluyendo el sector educativo, las bibliotecas, la amplia diversidad de autores y, sobre todo, los consumidores de cultura, quienes, en definitiva, somos vos, yo y toda la sociedad.

"The Pirate Bay" lanza un navegador que permitirá burlar la censura en la web

lagaceta.com.ar

Para los grandes estudios cinematográficos de Hollywood el servidor de torrents The Pirate Bay es responsable de múltiples violaciones a las leyes decopyright de diferentes países. Pero, según los responsables del sitio, ellos sólo difunden enlaces hacia contenidos almacenados por los usuarios. Por ello, desde hace varios años que los fundadores del servidor libran batallas legales con poderosas organizaciones de la industria del entretenimiento. 

Este año, con motivo de su décimo aniversario, el polémico sitio lanzó su propio navegador. El nuevo servicio permite a los usuarios sortear las medidas de censura contra la web que están aplicando países como Irán, Corea del Norte, Reino Unido, Holanda e Italia, entre otros. Estas naciones obligan a los proveedores de internet a bloquear ciertos sitios, como el de Pirate Bay, en otros. El software, bautizado como "Pirate browser" ("Navegador pirata") es una versión preconfigurada del popular Firefox que se encuentra integrada con una herramienta de software libre conocida como Tor, la cual le permite al navegador saltear el bloqueo haciendo uso de una red de nodos conectados a internet en lugares en donde no se aplican los filtros. El navegador se puede descargar de forma gratuita desde piratebrowser.com. Por ahora solo está disponible para Windows y Linux.

Un video y más proyectos 

Meses atrás se lanzó un documental sobre el sitio, llamado /TPB AFK/ (/The Pirate Bay Away From Keyboard/), que fue dirigido por Simon Klose. El dinero para realizar el filme fue obtenido a partir de una campaña en Kickstarter, el sitio de financiamiento colectivo (conocido como /crowdfunding/) más popular de la web, además de fondos adicionales aportados por el Gobierno de Suecia. Pero The Pirate Bay no se quedará sólo con el navegador: ya anunció que planea más lanzamientos para luchar contra la censura, entre los que se encuentra otro navegador especial, que permitirá a los usuarios almacenar y distribuir ellos mismos el contenido del sitio.

La era maker

eldiario.es

En marzo de 1975 nace de forma oficial el Homebrew Computer Club, un pionero grupo de aficionados a los computadores en Silicon Valley, que comenzó a celebrar encuentros de garaje para compartir experiencias, conocimientos, diseños, fórmulas en un foro abierto de discusión en torno al mundo de la computación. Sus fundadores, Gordon French y Fred Moore, emergían del contexto original de inmersión de los primeros sistemas de computación en centros educativos y hogares, en la primera mitad de la década de los 70. 
Los primeros ordenadores, como el IMSAI 8080 o el Altair 8800, que empezaron a comercializarse en forma de kits de ensamblaje apoyados por instrucciones específicas de montaje en revistas electrónicas, ya apuntalaban los pilares del paradigma DIY ( Do It Yourself), sobre el que se desarrollaría posteriarmente la cultura hacker caracterizada por la intervención y construcción de infraestructuras tecnológicas de mano de geeks, expertos y amateurs, en un contexto de compartición de conocimiento y colaboración.
Sin embargo, tres décadas antes de la llegada de la computación a los hogares, en la década de los 40, John von Neumann diseña lo que se conoció como el Constructor Universal, una máquina autorreplicante que operaría en un ambiente celular autómata, capaz de fabricar todas las piezas que la componían, es decir, de autoreproducirse e incluso incorporar mutaciones con mayor nivel de complejidad. Su idea original era crear una máquina herramienta que se autorreplicara de forma autónoma, de la misma forma que lo hace una bacteria, por ejemplo. Además, Neumann publicó todas las especifidades técnicas fundamentales de la máquina en su libro Theory of Self-Reproducing Automata.
La combinación de cultura libre, autorreplicabilidad, fabricación digital y el paradigma DIY nos lleva inevitablemente a hablar de la fabricación personal en laboratorios abiertos de fabricación digital o Fablabs y el movimiento maker. La fabricación personal distribuida, también denominada fabbing, que ya aparta el foco de la industria a gran escala, se manifiesta en una evolución del hardware de fabricación paralela a la que experimentaron los ordenadores durante las décadas de los 70 y 80, al pasar de los mainframe a los ordenadores personales (Pérez de Lama, J., Gutiérrez, M. , Sánchez Laulhé, J. M., Olmo, J. J., 2010, Fabricación digital, código abierto e innovación distribuida).
El acceso abierto a hardware de fabricación digital y la proliferación de información específica sobre su uso a través de la red ya cocieron el caldo de cultivo sobre el que aparecería el movimiento de fabricación distribuida catalizado por la aparición de los centros conocidos como Fablabs. Estos centros surgen como resultado de una colaboración, dentro del Medialab del Massachussets Institute of Technology ( MIT), a principios de los años 2000, entre el Grassroots Invention Group y el Center for Bits and Atoms ( CBA). Aquellas investigaciones ya partían de la representación física de la información y el empoderamiento comunitario a través de las tecnologías. Neil Gershenfeld, director del CBA, define los Fablabs como “una red global de laboratorios locales, que posibilitan la invención dando acceso a los individuos a las herramientas de fabricación digital. [...] Un Fab Lab es una colección de máquinas y componentes comercialmente disponibles relacionadas mediante software y procesos desarrollados para fabricar cosas” (Gershenfeld, 2007).
El equipamiento de los laboratorios de fabricación digital incluye herramientas variadas: cortadora láser para ensamblar estructuras 3D a partir de partes 2D, fresadoras, cortadoras de vinilo, software diverso de modelado 3D y programación de procesadores de bajo coste o impresoras 3D, entre otras.
Este movimiento de fabricación personal distribuida propone una clara redefinición del modelo de producción de conocimientos, objetos y entornos, ahora orientado y sostenido en lo que Lawrence Lessig denomina una “cultura lectura / escritura” (Lessig, 2008. REMIX. Making Art Commerce Thrive in the Hybrid Economy) en la que los/as usuarios/as son productores y consumidores, prosumidores, de las tecnologías, los contenidos, los objetos y la información generada por esas mismas infraestructuras tecnológicas. Constituidos a menudo en comunidades como público recursivo, se caracterizan por estar “vitalmente comprometidos con la conservación y modificación material y práctica de los medios técnicos, legales, prácticos y conceptuales de su propia existencia como público” (Kelty, C., 2008, Two bits: The Cultural Significance of Free Software). Estas comunidades y públicos de productores/as y usuarios/as generan, consumen, utilizan y cuidan la infraestructura común que los cohesiona, a través de la creación, difusión y compartición de conocimientos y aprendizajes en espacios digitales y físicos.
El cuidado y conocimiento proactivo de la infraestructura de producción y consumo es una característica inequívoca de lo que se conoce como el movimiento maker. Este término fue acuñado en 2005 por Dale Dougherty de O’Reilly Media, cuando lanzó Made, publicación sobre proyectos DIY, y en 2006 una serie a nivel nacional, Maker Faires, primer espejo de este movimiento.
El movimiento maker incorpora en esencia una dimensión estratégica crucial: alienta la invención y creación de prototipos incorporando una reflexión sobre su propia práctica y procesos, describiendo praxis y técnica, cuidando y reparando las tecnologías que sostienen el propio movimiento, todo ello de forma compartida, colaborativa y distribuida.
“Aunque que en estos momentos se hace hincapié en la fabricación y reparación de herramientas, estas herramientas serán objeto de uso para fabricar aún más cosas. Los propios miembros decidirán cuáles son los productos finales”. (Thomas MacMillan, Abril de 2012.  " On State Street, 'Maker' Movement Arrives". New Haven Independent). Esta renacida artesanía se centra en procesos emergentes de prototipado de prácticas, objetos, herramientas, técnicas y diseños que comienzan a construir un universo nuevo de informaciones y objetos imprimibles, abiertos a la copia, la modificación, la distribución y la reutilización. Sin definiciones precisas, los Makers, según el MediaLab del MIT, “están tratando átomos como bits, usando la poderosa herramienta del software y las industrias de la información para revolucionar la forma en la que fabricamos objetos materiales”.
Indiscutiblemente, la filosofia de lo abierto impregna estos procesos de prototipado: la copia, la reutilización, la mejora o reparación se conciben como generadores de valor colectivo y las licencias abiertas son el dispositivo que permite esta generación de valor, posibilitando la distribución de la capacidad justa de copiar y el equilibrio entre las fuerzas para diseñar, producir, distribuir, vender (ColaBoraBora, Agosto de 2013, Sobre diseño abierto y sobre abrir el diseño).
En la fabricación digital, lo abierto permite transformar los valores y principios que subyacen a las prácticas en objetos materiales, cosas susceptibles de ser manipuladas, reconfiguradas, testeadas, ajustadas. Se genera un materialismo radicalmente abierto al cambio: material pero moldeable, rígido pero reconstruible. Así lo sostiene Christopher Kelty refiriéndose al software libre:
"Todo diseño, todo mantenimiento, toda administración es política. Esto lo hemos sabido desde hace décadas, si no siempre, pero siempre se ha concebido como una sub-política, un campo de tácticas, no de estrategia. El software libre ha sido concebido por algunos como estrategia, estrategia material y de infraestructura, como estrategia para un nuevo mundo" (Kelty, C., 2013, There is no Free Software).
La fabricación digital, como práctica abierta de producción entre iguales, genera una disrupción en el modelo productivo industrial tradicional al liberar diseños y medios de producción posibilitando a cualquier persona en cualquier parte del mundo formar parte de estos procesos de generación de valor económico. Es enclave de lo que se empieza a conocer como “economía P2P”, en el que el acceso a un medio de producción de información- un dispositivo con conexión a Internet- permite el acceso a ciertos medios de producción material y, por tanto, reduce las barreras de entrada a flujos productivos emergentes que generan riqueza económica, social y cultural.
Así lo apuntaba Chris Anderson en 2010: “En la próxima revolución industrial, los átomos serán los nuevos bits”. Es la aplicación de los principios de la cultura libre a la peer production lo que activa la destilación de todo su poder transformador y el despliege de su potencia disruptiva en la forma de concebir diseños de entornos y objetos, y el modo de crear herramientas y procesos de producción y consumo. ¿Y qué ocurre después? Que se genera lo que se conoce como opensource hardware o hardware abierto.
La OpenSource Hardware Association (OSHWA) define el hardware de código abierto como “aquel cuyo diseño se hace público para que cualquier persona pueda estudiarlo, modificarlo, distribuirlo, fabricarlo o vender ese diseño o el hardware fabricado en base a él”. Según esta definición, la publicación del diseño de hardware opensource ha de hacerse en el formato óptimo que permita realizar modificaciones sobre el diseño. Literalmente “el hardware opensource proporciona a la gente libertar para controlar su propia tecnología mientras se comparte conocimiento y se estimula el comercio a través del intercambio abierto de diseños”. Y es así como, tal y como ya comenzaba a explicarnos Massimo Menichinelli en este artículo, comienzan a explorarse y practicarse nuevas formas de sostenibilidad económica en torno a el hardware opensource.
En la comunidad de Goteo hemos sido testigos de varias manifestaciones de esta emergente cultura de lo abierto aplicada a la fabricación digital y al hardware abierto.
El diseño de un prototipo de impresora 3D modular, plegable y portátil, capaz de reproducir muchas de sus propias piezas, refleja esta ruptura del modelo productivo, ahora concebido en cualquier lugar, por uno o muchos agentes, pensado para ser modulado, replicado, mejorado, adaptado, reparado. El diseño de esta versión de la Foldarap se encuentra bajo licencia GPL, se han elaborado manuales y documentación sobre su utilización, montaje y los materiales necesarios para su fabricación, y ha sido financiada vía crowdfunding en Goteo. Como resultado de la apertura de este proyecto, se ha obtenido un objetivo de financiación cuatro veces mayor al propuesto inicialmente por su propio impulsor y ya hay personas copiando e implementando este prototipo en sus espacios de fabricación digital.
Otra mash up de hardware abierto y DIY, es la interfaz de control Bhoreal, que recaudó más de 15.000€ en su campaña de cofinanciación en Goteo. Se trata de una “interfaz de código abierto basada en la plataforma Arduino que permite controlar todo tipo de software y hardware mediante una superficie con pulsadores retroiluminados por LEDs RGB”. Funciona como un dispositivo controlador para proyectos multimedia y está pensada para ser usada por Djs, músicos, artistas, hackers y “todo tipo de creadores con espíritu DIY que quieran experimentar con una pieza de hardware infinitamente reconfigurable y reprogramable”. Bohreal contiene hardware y firmware abierto (bajo licencia OHL), y toda la documentación del dispositivo está liberada bajo Creative Commons. El dispositivo material se distribuye en cuatro versiones distintas: dos kits DIY y dos unidades finales listas para usar.
Hardware abierto, fabricación digital y licencias
En ambos casos las licencias regulan la forma en que ambos proyectos de hardware pueden replicarse pero, en ningún caso, su uso final. No se puede obviar que el tema de las licencias ha creado cierta controversia en el mundo maker. La reciente y polémica noticia sobre la fabricación de un rifle opensource semiautomático con ayuda de una impresora 3D doméstica ha generado todo tipo de opiniones en la red. Su tratamiento mediático, sin duda, contribuyó a la siembra del terror en el público general y reabrió el debate sobre el uso de las creaciones con licencias libres.
La elección de una licencia de adecuada aplicación sobre una creación de hardware abierto no es una tarea sencilla. Los factores y criterios a tener en consideración son complejos y subjetivos, y están altamente influenciados por el marco jurídico que contextualiza la propia creación.
Javier de la Cueva, abogado experto en propiedad intelectual y en las relaciones entre el Derecho y la Tecnología, en su participación en la sesión de debate Licencias, armas y fabricación digitalcelebrada el pasado 19 de Julio en Medialab-Prado, en Madrid, defendía una clara posición al respecto: las licencias no son una declaración de intenciones ni han de regular los usos que se hacen de un contenido o creación. Las licencias regulan las condiciones que se dan para su replicabilidad y su reproducibilidad, los propios sistemas de producción de tecnología pero no los usos de la propia tecnología.
Según De La Cueva, el/la autor/a de una obra o creación no tiene facultad para decidir sobre los usos que se hacen de un objeto ya que esto pertenece a otro ordenamiento jurídico: la ley. Por su parte, las licencias libres permiten regular la forma en que el/la autor/a, titular de ciertos derechos sobre la creación, los cede o distribuye, siempre bajo las limitaciones definidas por la Open Source Definition, entre las que se destacan por su relevancia en este debate las de No discriminación contra personas o grupos y la de No discriminación en función de la finalidad perseguida, y esta última implica que no se podrá restringir el uso de la creación en un campo específico de actividad.
Por su parte, la Fundación Copyleft, que promueve la utilización de licencias no restrictivas en arte, cultura y ciencia, define las licencias copyleft como un “grupo de licencias cuyo objetivo es garantizar que cada persona que recibe una copia de una obra pueda a su vez usar, modificar y redistribuir el propio trabajo y las versiones derivadas del mismo. Unas veces se permite el uso comercial de dichos trabajos y en otras ocasiones no, dependiendo que derechos quiera ceder el autor”. Según lo admitido por la definición de copyleft, el uso final comercial o no de una obra intelectual sí puede verse regulado desde una de estas licencias. Sin embargo, este punto siempre genera posiciones encontradas: aunque ciertas corrientes del movimiento por la cultura y el conocimiento libres no reconocen la cláusula Non-Commercial como propia de una licencia libre por ser restrictiva en los usos permitidos y confusa en cuanto a su aplicación, cierta parte del movimiento va más allá, con una propuesta totalmente opuesta: las licencias copyfarleft. Estas licencias fueron propuestas por el programador de software libre Dmytri Kleiner en su libro The Telekommunist Manifesto. Su objetivo era el de crear una defensa contra la expropiación del procomún generado vía licencias copyleft por parte de intereses privados y con fines puramente económicos. Así, persiguiendo ciertas restricciones de mercado, The Telekommunist Manifesto, recupera la lógica del Manifiesto Comunista de Karl Marx y la incorpora a las formas de producción y distribución de conocimiento y cultura libres: “[...]los trabajadores sean dueños de los medios de producción.Una licencia copyfarleft debe hacer posible que los productores compartan libremente y que conserven el valor del producto de su trabajo. En otras palabras, los trabajadores deben poder hacer dinero al aplicar su propio trabajo a la propiedad mutual, pero debe ser imposible que los dueños de propiedad privada hagan dinero al utilizar trabajo asalariado. Así, bajo una licencia copyfarleft, una imprenta cooperativa propiedad de los trabajadores debe poder reproducir, distribuir y modificar el stock común como quiera, pero una compañía editorial privada no podría tener libre acceso (Bernardo Gutiérrez, Febrero de 2013 , “Copyfarleft, más allá del Copyleft”).
En cualquiera de las posiciones, la defensa de cultura libre y abierta se apoya en la concepción del conocimiento como un recurso abundante, no escaso, de uso no exclusivo y no rival, cuyo libre acceso y difusión beneficia la generación de riqueza y la innovación, además de favorecer la participación de las personas en los propios procesos de producción y creación.
Certificación de calidad de la copia
Pero se puede ir más allá. Las licencias abiertas son una herramienta para garantizar y definir la forma y grado de reproducibilidad del diseño y el hardware. Pero la reproducibilidad de un proyecto de hardware no garantiza su calidad. Así, existen casos en los que el propio modelo de producción incorpora procesos de certificación distribuida de las reproducciones del propio proyecto. Foldarap es un ejemplo de ello.
En su campaña de crowdfunding en Goteo, el impulsor del proyecto Foldarap realizó una llamada a las contribuciones no monetarias en forma de colaboraciones. Concretamente, invitaban a cualquier persona con una RepRap bien calibrada, cuya calidad de impresión estuviera probada, a formar parte de la lista de proveedores comprobados. Estos proveedores podrían beneficiarse del permiso para vender partes de la máquina o conjuntos de piezas del kit, con una calidad ya garantizada. Además, ofrecía la posibilidad de proporcionar de forma gratuita un kit de fabricación de la impresora bajo la condición de que, una vez calibrada correctamente, enviasen en retorno 6 kits completos de piezas impresas para construir más Foldaraps. “La idea general es de distribuir la fabricación y el beneficio en toda la comunidad.” La reproducibilidad del proyecto bajo unos estándares de calidad se promueve a través de este tipo de certificaciones.
La certificación de la calidad de las reproducciones se da también, aunque de forma algo distinta, en el proyecto Arduino. El diseño de las placas Arduino se licencia bajo Creative Commons Atribución-Compartir Igual, lo que significa que puede copiarse, mejorarse, modificarse e incluso venderse sin pedir permiso ni pagar licencia. No obstante, el nombre Arduino está registrado y sujeto a propiedad intelectual, de forma que, para garantizar cierta calidad en las reproducciones que se beneficien del valor simbólico de la marca, cuando quiera venderse una placa Arduino, ha de pagarse una pequeña cantidad económica a los propietarios de la marca. De esta forma, además de controlar la calidad, se contribuye a la sostenibilidad de ese capital simbólico sin restringir su difusión, apertura y utilización.
Openhardware y Opendata
Pero la apertura en el diseño y la fabricación de dispositivos de hardware puede dar aún más de sí. El proyecto Smart Citizen se erige como puente entre el hardware opensource y el opendata. A través de kits de código abierto de medición de la calidad del aire, la temperatura, el sonido, la humedad y la luz, se persigue la creación de procesos de participación e intervención ciudadana en el entorno urbano mediante la recogida, tratamiento, interpretación y liberación de información pública y común.
Textualmente, el propósito de Smart Citizen es “servir como nodo productivo para la generación de indicadores abiertos y herramientas distribuidas, y a partir de ahí la construcción colectiva de las ciudades por sus propios habitantes, basándose en la geolocalización, en Internet y el hardware y software libres para la captura de datos y (en una segunda fase) la producción de objetos”.
De nuevo, los usuarios y las usuarias, en este caso, habitantes de la ciudad, aparecen como generadores y consumidores al mismo tiempo, prosumidores de información, de hardware, de la ciudad, de la infraestructura y del conocimiento, que queda abierto. Así, el verdadero potencial del hardware como herramienta de participación ciudadana parece desplegarse siempre bajo la lente del acceso al conocimiento libre y abierto, motor de los movimientos por la transparencia en las administraciones y organizaciones por parte de los movimientos por el opendata, openaccess, opengovernment y la democracia participativa.
Desde Goteo, sin duda, apoyamos esta forma de empoderamiento ciudadano a través de la apertura de la información y las infraestructuras, incentivando y visibilizando el prototipado de nuevas experiencias de este tipo que desean llegar a sus comunidades a través de nuestra plataforma. Se trata, en definitiva, de la aplicación de la cultura opensource y opendata para la fabricación digital de una sociedad de la participación y la innovación.

Cumbre Mundial Creative Commons Buenos Aires

La comunidad global de Creative Commons se reunirá este año en Buenos Aires para nuestra Cumbre Mundial bi-anual. El evento, que se desarrollará durante tres días, del 21 al 24 de agosto.
Tendrá lugar en el Centro Cultural San Martín y será co-organizado por nuestros afiliados locales de Creative Commons, Fundación Vía Libre y Wikimedia Argentina. Esta es la primera vez que se realizará la conferencia en un país hispanoparlante, y la segunda vez que se desarrollará en América Latina.
El evento reunirá a los afiliados de Creative Commons de todo el mundo con los miembros del directorio de Creative Commons, su personal, los representantes locales y otros interesados ​​en el presente y futuro de los bienes comunes. Los asistentes discutirán estrategias para fortalecer Creative Commons y su comunidad en todo el mundo, aprender sobre los últimos acontecimientos en el movimiento de los bienes comunes en todo el mundo, y mostrar los proyectos locales e internacionales que utilizan las licencias Creative Commons. Los temas tratados incluyen la implementación de políticas abiertas en áreas tales como el gobierno, la educación, la cultura, los negocios, la ciencia, datos y más, así como temas relacionados, tales como el software libre, el desarrollo de licencias, las sociedades de gestión colectiva de derechos de autor y las reformas legislativas en el derecho de autor.
El evento es gratuito para todos los asistentes, aunque se requiere inscripción, e incluirá un apartado en español para resaltar la experiencia de la comunidad local, para conocer sus intereses, preocupaciones y perspectivas de trabajo futuro.
Esperamos verte en Buenos Aires en agosto.
Fecha
Del 21 al 24 de agosto de 2013. 
Lugar
La Cumbre Global se realizará en el Centro Cultural General San Martín, ubicado en Sarmiento 1551, entre las calles Paraná y Montevideo, en la Ciudad de Buenos Aires. El Centro está ubicado en el corazón de la ciudad y a una distancia a pie de muchos hoteles. 

10 servicios seguros para resguardar nuestra privacidad en la red


eldiario.es

La existencia de servicios y redes seguras ha sido hasta el momento el gran desconocido por la mayor parte de una ciudadanía conducida por las grandes empresas de la red. Estas compañías, en su mayor parte entidades de derecho residentes en EEUU, con todas las consecuencias que esto tiene a la luz de legislaciones y comportamientos de sus agencias de seguridad, han sido recientemente puestas en cuestión en cuanto al manejo de nuestro datos.
Los actuales escenarios de ciberguerra, cada vez más extensos dejan a la ciudadanía indefensa. En este sentido, tanto el espionaje, el robo y recolección de datos de carácter personal como el bloqueo de infraestructuras informáticas son un instrumento en el que empresas, gobiernos y delincuentes comunes confluyen.
Ser capaces de cifrar nuestros datos, incluso en nuestro equipo doméstico, desde una partición a una unidad completa, nuestro correo o nuestra conexión a internet se están convirtiendo en herramientas fundamentales para no ser tratado como un delincuente. El uso del cifrado de datos y la conexión segura son parte esencial de esta resistencia cuidadana. En este sentido , aplicaciones como Truecrypt son miradas con recelo por parte de diversas autoridades precisamente por el grado de ocultación de archivos que permite y lo sencillo que puede resultarnos su empleo cotidiano.
Todas estas consideraciones nos hacen pensar muy seriamente en que la molestia de cambiar ciertas pautas en nuestro día a día en la red merece la pena. Renunciar a servicios más sencillos a cambio de un control más efectivo de nuestros datos y conexiones e integrar algunas pautas de "higiene" en nuestra forma de conectarnos nos puede reportar beneficios considerables. Con esa idea proponemos algunos servicios mas seguros e independientes.
La criptografía es la forma más extrema de la acción directa no violenta. Julian Assange
Los 10 servicios seguros de internet:
  1. Navegación seguraMozilla Firefox es la preferencia más recomendada al tratarse de un navegador web de fuente libre y abierta. Es muy recomendable gestionar correctamente los plugins y añadir al menos, HTTPS Everywere (diseñado por la EFF) y un nivel más avanzado lo supondría emplear el cifrado y anonimato de Tor, del que ya hemos hablado e incluso descrito una Guía de uso.
  2. Redes socialesDiáspora es la gran red social alternativa y distribuída en donde se garantiza el control completo de la información por parte de sus usuarios. Existen otros proyectos de redes sociales alternativas que ya hemos recomendado en Diario Turing. Entre ellos, redes como Tent, GNU-social o Friendica buscan los mismos requisitos de exigencia en cuanto a respeto a sus usuarios aunque todavía no cuentan con una masa suficiente de usuarios como para contar con una extensión próxima.
  3. Buscadores WebDuck Duck Go es uno de los buscadores que garantiza la privacidad de sus búsquedas y no realiza seguimientos ni deja rastros de estas.
  4. Correo electrónicoRiseUp es una de las alternativas más destacables pero tiene el inconveniente de necesitar invitación y al ser un proyecto no muy grande de momento no acepta muchas inscripciones. Bitmessage puede ser una opción algo más compleja de envío cifrado pero todavía dista mucho de las alternativas al correo que todos conocemos. Otra apuesta podría ser empelar el correo que nos ofrece la compañía Namecheap, que es de las más activamente vinculadas al activismo pro libertades en la red.
  5. Sistemas operativosGNU/Linux es un sistema operativo libre y abierto que cuenta con múltiples distribuciones. Entre las mas comprometidas, descataca Debian. Tails es un Live CD/USB diseñado para asegurar la privacidad, muy recomendable en entornos no asegurados.
  6. Sistema operativo Móvil: La nueva versión de CyanogenMod, está trabajando para implementar un sistema de anonimato completo , denominado Modo Incognito. Como añadido, estas modificaciones sobre el sistema Operativo Android Puro nos garantizan que no habrá ningún elemento indeseado de espionaje por parte de las operadoras como el caso revelado de Carrier IQ.
  7. Almacenamiento en la Nube: Tanto la famosa Own Cloud como tahoe-lafs, nos permiten mantener un almacenamiento en nubes privadas completamente controladas por nosotros escenarios prácticamente igual a servicios como Dropbox. Para trasferir archivos y establecer nodos locales, analizamos en su día la muy interesante BitTorrent Sync.
  8. Mapas: Open Street Maps es una alternativa a la todopoderosa Google Maps que aunque todavía muy en segundo plano, comienza a ser más considerada una vez que la gran G optara por hacer de pago muchos de sus servicios.
  9. Sistemas de gestión de contenidosWordpress es una de los más conocidos éxitos del software libre y en este sentido no hay lugar para optar por iniciativas propietarias.
  10. Analítica Web: La herramienta denominada Piwik, nos permite emular con bastante similitud los análisis de nuestras páginas web de Google Analytics sin comprometer nuestra privacidad ni recopilar datos.
Como elemento externo que añada una capa extra de seguridad no debemos olvidar la importancia que están tomando en diversos entornos las redes privadas virtuales (VPN), de las que hemos tratado en otras ocasiones, tanto en los escenarios P2P (descargas de contenidos) como en los de una navegación más convencional. En este sentido, el reciente experimento colectivo de VPN Gate, es una alternativa muy atractiva por su carácter colaborativo y abierto.
Como último añadido a este listado, no podemos más que recomendar las excelentes guías sobre seguridad en la red que Security in a Box ha elaborado y pone a disposición toda la comunidad de usuarios de la red.

Pensar en Internet como un procomún

sursiendo.com


Queremos inaugurar una sección que dedicaremos a seguir de cerca procesos más locales. No sabemos muy cómo llegamos hasta aquí, tampoco sabemos cómo seguiremos con esto pero en el afán de estar en “construcción permanente” nos entusiasmamos con esta idea. Desde el inicio de Sursiendo la intención siempre ha sido hacer una intervención glocal: intentar conectar lo que pasa fuera de nuestros entornos cotidianos con lo que pasa en nuestros entornos más inmediatos y atravesarlo con nuestro “estilo muy particular” porque creemos en aquello de que estamos interconectados y nos necesitamos mutuamente.
Es esta interconexión la que de maneras (a veces más y a veces menos) explícitas y transversales resalta el paraguas de los bienes comunes o procomunes bajo el que hemos decidido ponernos.
El tema que suscitó pensar en esta nueva propuesta es la Iniciativa Ciudadana de Ley de Acceso a Internet para el Estado de Chiapas de la que ya hemos hablado alguna vez y de la que esta semana pudimos leer una crónica sobre parte del proceso. Esta sección será esporádica y responderá a coyunturas locales por lo tanto los temas pueden ser diversos.
En el intento por abordar las muchas aristas y sentires de algunas personas y grupos que piensan (y se piensan) en Internet nos propusimos inaugurar el espacio con nuestras reflexiones sobre Internet como procomún. En adelante habrá invitados e invitadas que hablarán sobre los entornos de este primer tema.
En la actualidad Internet es uno de los procomunes más importantes que tenemos. Por hacer una aclaración rápida: un procomún es un espacio conformado por un bien que posee una comunidad especifica que lo usa y lo gestiona de acuerdo a las propias necesidades de esa comunidad estableciendo reglas más o menos explícitas para su uso. Claro está que no es lo mismo pensar en las reglas que pueden regular un bien común material (como la gestión de un bosque) que en las que pueden regular un bien inmaterial (como la cultura). Además a veces es útil tener en cuenta la escala.
La Red de Redes fue creada allá por los años ’60 como un espacio abierto y de intercambio de conocimiento libre de regulaciones. Las máquinas conectadas entre sí podían compartir documentos e información. Esta vieja inspiración se concreta en diversas formas: por empezar Internet se basa en un conjunto de protocolos abiertos que permite en la actualidad interconectar, sin restricciones tecnológicas, dispositivos en cualquier parte del mundo. Por otro lado multiplica de forma geométrica la información que por ella circula. Al ser estos bienes inmateriales, su compartición no los reduce sino que los amplifica. Además de todo esto Internet permite conectar otros procomunes como conocimientos, lenguajes, imaginación, culturas, etc. Y a la postre permite alianzas potentes pero que pueden ser efímeras, circunstanciales porque “puede haber representación sin cesión de soberanía” y permite cooperar con desconocidos sin importar su color. En esta entrevista Marga Padilla dice que “Internet no está hecha para que deje de haber desigualdades (…) pero sin embargo, no podemos luchar contra las desigualdades sin Internet”. Esto forma parte de su ambigüedad pero también de sus múltiples posibilidades y lenguajes.
Todo este conjunto de situaciones hace que Internet sea un espacio habitado, todavía considerado por muchos como un bien común global pero que cada día se ve más amenazado. Las infraestructuras que usamos son mayoritariamente privadas (lo que hace que esa información pueda ser privatizada) y por otro lado muchos estados-mercados intentan todo el tiempo restringir y criminalizar las acciones dentro de la Red exactamente de la misma forma que lo hacen “lejos de los teclados”. ¿Y por qué no debería ser así? Internet tiene lenguajes propios que atraviesan muchos otros espacios y formas de relacionarnos. De alguna manera la Red de redes no solo conecta nodos dispersos sino humanidades dispersas y esta doble situación hace que (debiéramos) ver sus especificidades.
Como decíamos en párrafos anteriores Internet está conformado por bienes materiales (su infraestructura) y bienes inmateriales (todo lo que circule en ella) y su escala es planetaria. Sin dejar de tener esto en cuenta pero pensando en aquello de que Internet nació como un procomún creemos que las leyes que hoy intentan regular el uso de la Red deben, necesariamente, respetar ese espíritu de libertad y autogestión. Esto no significa que en la red no haya autoridades pero las mismas son fluctuantes y dependen únicamente de nuestro comportamiento en ella. Esto tampoco significa que en la red no pueda haber iniciativa privada. Puede haber proyectos educativos, culturales, económicos o políticos que incidan sobre ella, pero si lo hacen para restringirla seguramente la inteligencia colectiva encontrará la manera de deshacerse de ellos.
No nació como un espacio de poderes sino como un espacio de responsabilidades y es la oportunidad histórica que tenemos de volver a involucrarnos en la cosa pública, dejar de ser espectadores y volver a acercarnos poco a poco a lo que es de todos y todas. Es además la posibilidad de (re)apropiarnos de la colaboración, la generosidad, la creatividad y el conocimiento compartido. Es la posibilidad de volver a mirar a los procesos y dejarnos de tantos resultados. Es la posibilidad, como buen procomún, de crear y recrear cómo queremos usar ese espacio.
Sin embargo Internet no es ideal (¿acaso algo lo es?). Miguel Vidal menciona en un artículo publicado en 2007 que “existen comunidades con toda clase de fines, no necesariamente edificantes para sus miembros ni útiles socialmente: en espacios libres, sin vigilantes y con un anonimato casi generalizado, proliferan también los que pretenden abusar de esas comunidades (spammers, estafadores, acosadores, suplantaciones, etc.)”. El conflicto es inherente a lo humano y esa ambigüedad de la que hablábamos da pie también a estos usos (que de hecho son los argumentos que muchas veces usan quienes buscan restringirlo). Sin embargo pretender usar las leyes materiales para procesos inmateriales no tiene mucha lógica. Por lo general además estas analogías pretenden hacer uso del control de manos de gobiernos o empresas. Estas intenciones amenazan el espacio de Internet y por lo tanto nuestro accionar dentro de él. Aquí es donde vuelve a cobrar sentido y necesidad el hecho de involucrarnos y participar en las regulaciones que se pretender hacer sobre esta herramienta.
Hay mercados, hay estados y hay procomunes. Todos ellos conviven y se mezclan pero, al menos por ahora, solo los procomunes tienen reglas más claramente separadas de los primeros dos. La red ha demostrado ser un espacio en el que por sobre todos los malos hábitos se pude convivir sin que intervengan externos que nos digan cómo movernos en ella. Con sus precauciones y sus necesidades de aprender estos nuevos lenguajes las legislaciones deberán garantizar esa libertad y autoregulación porque si no logran captar su espíritu de compartencia no acogerán los nuevos procesos sociales que nos atraviesan.
Estos episodios locales que se irán narrando los próximos jueves serán los botones que se usarán como muestra para ver por dónde perderse (y encontrarse) en este laberinto de las nuevas ciudadanías 2.0